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4. Frontera este de Radastar:

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V adear el riachuelo resultó una tarea desagradable. El agua estaba impregnada por algún tipo de sustancia repulsiva. Cuando se internó en el arroyo, Trisquel notó cómo aquella esencia le ensuciaba las pantorrillas. El lodo del fondo se revolvió y se produjeron remolinos de inmundicia. Desde el lecho surgían fragmentos de osamenta y daba la impresión de que el reguero trataba de refrenar su avance. Las botas se hundían con un sonido de succión que la exasperó. Sin embargo, no encontró manera más rápida de alcanzar la zona donde se hallaban el ánima y el hombre barbado. Trisquel tuvo la extraña certidumbre de que le conocía. Aquel tipo no le era ajeno y estaba claro que necesitaba ayuda urgente.      Se estableció una atmósfera opresiva y una neblina cubrió la floresta. Una cacofonía de murmullos se elevó desde todas partes.      El ánima que llevaba al hombre de la mano volvió su rostro hacia Trisquel. Su expresión se transformó en el de una bestia. La cria...

3. Al norte del imperio del sol:

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A poltronado en aquel sitial, el rey escuchó el informe de Yeztel. Procuraba aparentar interés, pero le resultaba difícil ofrecer una imagen a la altura de su cargo. No era que no le preocupase la crisis que atravesaban algunas villas de los alrededores. Se trataba de la falta de confianza en sí mismo. Se sentía viejo e incapaz, atado a un trono tan duro como esplendoroso y condenado a ejercer un liderazgo que, en el fondo, estaba supeditado a los caprichos de aquel energúmeno. Las dudas que albergaba, acerca de los métodos del sacerdote, minaban su voluntad cada día más. Se sentía impotente ante tan fervoroso ministro de la fe. Aquel siervo de Ishtar se había ganado el respeto de muchos ciudadanos. Tal vez mediante promesas que hablaban de paraísos, quizás a través del miedo, pero con una eficacia abrumadora. Yeztel consiguió adoctrinar a buena parte de la población. El culto a su diosa desplazó, en muchos casos, a la vieja religión solar. La nueva fe crecía de manera evidente, mientr...

2. Frontera este de Radastar:

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S e despertó sobre un suelo resquebrajado que olía a humedad. Al incorporarse, descubrió que se hallaba en el seno de unas ruinas. El techo se veía deteriorado, con huecos por donde podían verse los ramajes de una fronda. El espesor de dicha floresta lo salpicaba todo con sus sombras. La luz del día iluminaba el cielo que se intuía entre la hojarasca, pero la tarde era avanzada. La mujer no recordaba qué hacía en aquel lugar. Su cerebro estaba anquilosado, con las ideas pegajosas como el alquitrán. Un temor se abrió paso entre la amalgama de pensamientos que abotargaban su mente y le elevó las pulsaciones.      —¿Qué narices significa esto? ¿Qué coño hago aquí metida? —inquirió con nerviosismo, tras lo cual el vacío de la estancia le devolvió el eco de su voz pastosa. Se retiró los bucles pelirrojos del rostro y se los repeinó como pudo. Los cabellos estaban enmarañados y tenía el pecoso rostro resecado.      Se desplazó con dificultad, desorientada. Notó q...

1. Al norte del imperio del sol:

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E l sacerdote llegó cuando acababa de despuntar el alba. Se personó, escoltado por su guardia, en la villa agrícola que se desplegaba sobre el altozano. Era alto, musculoso y de piel broncínea. Llevaba el cráneo y la barba rasurados; rasgos que lo identificaban como portavoz de la diosa Ishtar. Sus brazos estaban ceñidos con pulseras y brazaletes de oro. Llevaba una diadema dorada, con penachos de plumas que le tocaban la cabeza y un pectoral de plata en forma de abanico invertido. A los aldeanos les intimidó su aspecto, pero fueron ellos quienes reclamaran su presencia. Habían solicitado audiencia con el hombre; querían mostrarle algo que los tenía aterrorizados. Algunos llegaron a pensar que el ministro de la fe no les concedería el privilegio de semejante consulta. Pero el tipo acudió en su ayuda con prontitud. Tal vez no era del todo ajeno a lo que sucedía en las inmediaciones de Ishtapual. Yeztel jamás se molestaría en abandonar la ciudad, para mezclarse con unos pueblerinos, a no...

Orcus

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Para tratarse de un miembro de la especie de los andrinnos, Orcus es un tipo bastante mojigato. Puede que su aspecto físico ofrezca una apariencia de ferocidad, pero se trata de un personaje con peculiaridades que le convierten en alguien mucho más complejo que cualquier otro integrante de su raza. Atormentado por el rechazo que suscita, tanto en humanos como entre las gentes de su propia comunidad, es una persona acomplejada y tímida. Su pasado esconde secretos y su alma alberga ciertos temores y pesares. Fue rechazado por su tribu, quien le consideraba indigno y poco apto para esgrimir las hachas de guerra, los manguales y las cimitarras andrinnas. Pero lo cierto es que no carece, en realidad, de destreza a la hora de empuñar todas esas armas. Los prejuicios de sus congéneres hicieron que fuera apartado de manera injusta de la comunidad a la que pertenecía. No obstante, el jefe de su tribu pudo ver más allá de esa terquedad y le encomendó una misión que, a su juicio, se ajustaba a la...

Ishtar

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Se trata de una de las divinidades más temidas y a un tiempo adoradas de Anaroth. Representa los poderes de la naturaleza en su faceta más hostil. No obstante, se tiene la creencia de que los dones de esta deidad escenifican también el aspecto más fastuoso del planeta. Su esencia impregna los vergeles que arraigan allí donde casi nada puede hacerlo. Esos oasis se extienden sobre vastos terrenos de los desiertos radastinos. Son como islas de verdor que proliferan en mitad de los interminables yermos. Se trata de lugares preñados de peligro, horrores y una fuerza arrolladora que lo impregna todo. Amén de los adeptos que profesan la religión de Ishtar, esta diosa cuenta con una fiel servidumbre que la cuida en todo momento. Los hijos de Ishtar; sus siervos leales, existen sólo para velar por el bien de su señora y ya no tienen otra cosa en mente. En realid ad, sus cerebros ya no pueden albergar otro pensamiento  que no sea complacerla. Cuando Ishtar se halla satisfecha y la abundancia...

Yeztel

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El fanatismo de este sacerdote, que promulga la religión de Ishtar, ha calado en lo profundo de la sociedad ishtapuriana. Hasta tal punto que la ciudad donde la predica llegó a cambiar de nombre para rendir homenaje a la diosa. Buena parte de su población hace tiempo que se plegó al culto de dicha deidad, cuyo portavoz más destacado es sin duda Yeztel. Con sus promesas de paraísos, y el terror que infunde a quienes osen dar la espalda al culto de esta divinidad, e ste ministro de la fe ha logrado adoctrinar a más personas que todos sus antecesores juntos. En Ishtapual, muchos le veneran como a un salvador y guía espiritual. Sin embargo, no son pocos quienes le temen e incluso aquellos que le tienen un odio exacerbado. Al tiempo que ha conseguido cosechar la lealtad de un sector de la ciudadanía, también se ha granjeado la antipatía de otros muchos. Es un hombre temperamental, una mole de músculos desarrollados que a menudo se deja arrastrar por su afán de liderazgo. Sus arranques de ir...