2. Frontera este de Radastar:


Se despertó sobre un suelo resquebrajado que olía a humedad. Al incorporarse, descubrió que se hallaba en el seno de unas ruinas. El techo se veía deteriorado, con huecos por donde podían verse los ramajes de una fronda. El espesor de dicha floresta lo salpicaba todo con sus sombras. La luz del día iluminaba el cielo que se intuía entre la hojarasca, pero la tarde era avanzada. La mujer no recordaba qué hacía en aquel lugar. Su cerebro estaba anquilosado, con las ideas pegajosas como el alquitrán. Un temor se abrió paso entre la amalgama de pensamientos que abotargaban su mente y le elevó las pulsaciones.
    —¿Qué narices significa esto? ¿Qué coño hago aquí metida? —inquirió con nerviosismo, tras lo cual el vacío de la estancia le devolvió el eco de su voz pastosa. Se retiró los bucles pelirrojos del rostro y se los repeinó como pudo. Los cabellos estaban enmarañados y tenía el pecoso rostro resecado.
    Se desplazó con dificultad, desorientada. Notó que estaba sucia y sudorosa, pero existían otras preocupaciones más acuciantes. Al mirar en derredor, se dio cuenta de que el lugar se encontraba casi vacío. A excepción de una peana de planta octogonal, que gobernaba el centro del recinto, no se veía elemento alguno. Sobre aquel pedestal de granito tampoco se encontraba ninguna estatua, aunque de por sí medía más de un metro.
    La muchacha rodeó aquel apoyo solitario, mientras sus pisadas arrancaban un murmullo a las esquirlas que se desperdigaban por el pavimento. Escudriñó el objeto con los ojos entornados, pero no detectó encima otra cosa sino polvo. Aunque creyó percibir algo intangible; como una energía que irradiaba el artilugio y le erizaba el vello.
    —¿Cómo he llegado a este sitio tan extraño? —se preguntó una vez más, al tiempo que se sentía estúpida—. ¿Me habrá... secuestrado alguien?
    Lanzó esos interrogantes al aire; sólo los verbalizó para quebrar el inquietante silencio. Por eso se sorprendió cuando una voz, a su izquierda, respondió tales cuestiones.
    —No te ha secuestrado nadie. Has venido por propia voluntad. Sólo que ya no te acuerdas. Lo extraño sería que pudieras hacerlo... después de lo que pasamos para llegar hasta aquí.
    La voz sonaba cavernosa. Parecía el quejido de una losa que se abre y libera los efluvios de un cadáver. Al escucharla, un terror atávico se despertó en las entrañas de la joven, que volvió el rostro hacia ese lado.
    Ante la efigie que había allí, reculó espantada y a punto estuvo de tropezar de espaldas contra el pedestal.
    —¿Y tú quién eres? —preguntó con voz atiplada.
    Se trataba de un individuo que le sacaba una cabeza e iba ataviado con un capote dotado de capucha. La tela era negra como ala de cuervo y estaba ribeteada con filigranas rojas en las mangas y el cuello. Los repulgos de la caperuza proyectaban sombras que ocultaban sus facciones. Una sensación de ahogo se apoderó de la joven. A pesar de que él no realizó ademán alguno, ella se sintió amenazada.
    —No estoy aquí para hacerte daño —aseguró él, como si adivinase sus pensamientos. Fue un aserto que sonó con cierto aire de irritación—. De ser así, ya estarías a mi merced, pequeña.
    La forma en que pronunció aquella última palabra hizo que una voz de alarma tronara en el cerebro de la chica. Había algo en aquel deje gutural, que parecía querer recordarle algún tipo de momento pretérito. Sin embargo, no logró desentrañar cuál.
    Ante el desagrado de ella, él se acercó con lentitud. A su paso se elevó un tufo a podrido que le hizo componer una mueca de repugnancia. Cuando el hombre alzó su mano izquierda, ella vio que la piel poseía un color cerúleo y estaba arrugada. Unas manchas violáceas acentuaban aquel aspecto enfermizo y las uñas estaban amarillentas y melladas.
    —¡Joder! ¿Quién cojones eres? ¿Qué mierda quieres de mí?
    Tropezó contra la peana. Una de sus esquinas se le incrustó en la columna vertebral y le provocó un dolor agudo. Aunque acababa de dirigirse al otro con desdén, el terror aleteaba en su vientre. Y hubo otra cosa que la desconcertó. Al golpearse con la piedra del soporte, creyó notar un latigazo de energía e incluso le pareció sentir un chisporroteo que le hizo crujir el jubón.
    —No hay tiempo para explicaciones. Tienes que confiar en mí. Lo creas o no, ambos estamos metidos en esto y luchamos por una misma causa. El tiempo apremia. Debemos ayudarle a parar los pies al Arquitecto.
    —¿Ayudar a quién? ¿Y por qué habríamos de detener a un arquitecto? ¿Tan mal se le da su oficio que tenemos que entorpecerle el negocio?
        Para ella nada de lo que decía el hombre tenía el menor sentido. Y lo que más le desubicaba eran la siniestra estampa que se intuía bajo los pliegues de ese hábito y el tufo a putrefacción que se desprendía de debajo de la tela.
    —No te acerques, joder. ¿Qué se supone que te ha pasado en la piel? ¿Qué puta enfermedad se ha ensañado así contigo?
    Por toda respuesta, él lanzó un graznido que ella no supo si era un remedo de carcajada o una queja.
    —Tampoco hay que ponerse así, pequeña. Es sólo que hace algún tiempo que no me alimento como debiera. Hay algunas cosas que están cambiando en este mundo. Y no nos conviene derrochar el tiempo.
    —Y una mierda. ¿Me has tomado por estúpida? Y no me vuelvas a llamar así.
   —Como quieras —concedió él con talante hierático, encogiendo los hombros al tiempo que bajaba su mano—. Pero será mejor que me hagas caso y te pongas en acción. Las cosas no deben andar bien por ahí afuera para nuestro amigo.
    —No sé quién carajo es «nuestro amigo» —espetó ella con una mezcla de rabia y miedo—. Ni tampoco por qué coño está en peligro. Antes de ayudar a nadie, me gustaría que alguien me aclarase en qué mierda de situación me encuentro. Lo último que recuerdo es estar merodeando por la ciudad, en mi día libre, sin mayor preocupación que la de mantenerme alejada de los callejones infestados de rufianes. Si tú sabes cómo he llegado hasta aquí, podrías al menos refrescarme la memoria. Luego ya veremos si estoy en condiciones de colaborar para... echar una mano a ese amigo tuyo del que hablas.
    —Debes rescatarle —insistió el otro para desesperación de ella—. Nuestro futuro depende de ello. El futuro de todos depende de ello. Y si me haces caso, tal vez más adelante él pueda satisfacer con respuestas todas esas preguntas que planteas. Vamos, el tiempo apremia, muchacha.
    Dicho aquello, dio media vuelta y puso rumbo al umbral que se abría en una de las paredes. Caminó con decisión, arrancando ecos con su calzado, mientras los repulgos de su túnica barrían el polvo del suelo.
    Antes de abandonar la estancia, el individuo tomó un bastón que se encontraba apoyado contra la erosionada jamba del umbral, así como un hatillo que permanecía a los pies de dicho cayado. Se internó entre las sombras del otro lado y los pliegues de su capote se mimetizaron con la penumbra del pasillo. Ella sintió alivio ante su ausencia, pero en su cerebro flotaban tantos interrogantes que fue incapaz de concentrarse. Además, la atmósfera del lugar se percibía como enrarecida.
    La joven ignoraba el verdadero significado de la expresión «aquí huele a ozono», pero en ocasiones la había escuchado a algún alquimista y le pareció que se adecuaba al entorno en que se hallaba. Paseó nerviosa por la sala, alrededor del pedestal que se elevaba en el medio. Escudriñó las paredes desnudas, el suelo mugriento y agrietado o el techo horadado de boquetes sin llegar a conclusión alguna. Por más que se esforzara, no lograba recordar cómo había ido a parar allí ni con qué finalidad. Lo único que consiguió advertir, fue que la forma del techado describía un abombamiento de cúpula. No obstante, en ese momento no le concedió importancia al detalle.
    —Joder, mierda, mierda, mierda —rezongó de manera mecánica, mientras la sensación de volverse loca la devoraba—. ¿Qué coño se supone que debo hacer ahora? Al cuerno. Le seguiré a ver a dónde narices ha ido. Después de todo, si quisiera hacerme daño, creo que ya lo habría intentado.
    Se agachó y tomó un cascote de los que se encontraban desperdigados por el suelo.
    —Y tampoco voy a ir desarmada por completo. No voy a consentir que juegue conmigo como si fuera una pardilla.
    Tuvo que seguirle a ciegas. La techumbre de la galería debía estar intacta, por lo que la luz natural no se filtraba ahí adentro. Se vio obligada a palpar la pared, con el consecuente riesgo de lastimarse las palmas. Para colmo, el hombre se desplazaba de manera sigilosa. De cualquier manera, el pasillo discurría en línea recta y no se bifurcaba. Además, la fetidez a carne corroída que desprendía el tipo aún flotaba en el aire cuando ella se internó ahí, tras su rastro. Desde el exterior le llegaba una suerte de murmullo, cuya naturaleza no pudo concretar. Era como un coro de voces que semejaban lamentos. Esto no hizo sino intranquilizarla más.
    —¿En qué clase de lío me habré metido ahora? —se dijo entre susurros, al tiempo que avanzaba con aire trabajoso—. ¿A cuántos kilómetros de la ciudad me encontraré? Este sitio no me suena una mierda y creo que jamás había oído hablar de él.
    La espesura del bosque que se desplegaba afuera resultaba abrumadora. Los robles amortajaban el aire con su follaje y deformaban la tierra con las raíces. Pero también predominaban el arce, el abedul o la haya. El terreno estaba tapizado de helechos y líquenes, con las rocas cubiertas por sudarios de musgo que ofrecían una estampa húmeda. Los troncos se veían estrangulados por la hiedra y el suelo a menudo se perdía de vista bajo los matojos. Era una imagen tan hermosa como amenazadora, que hizo sentir a la muchacha vulnerable. Ella era una urbanita poco acostumbrada al despliegue de la naturaleza indómita.
    Le costó localizar al encapuchado, pero al cabo de un rato lo vio. Se encontraba cerca de un arroyo que discurría metros más abajo. Parecía observar algo que ella fue incapaz de detectar desde allí. El riachuelo desembocaba en una charca donde flotaban nenúfares y cuyo lecho no se veía debido a la turbiedad del agua.
    Se preguntó que estaría observando el otro. Dudó ante el umbral por el que saliera, mientras aferraba el cascote que se trajera como arma arrojadiza. Al cabo de algún tiempo se decidió a bajar por unos peldaños carcomidos por la erosión. Le costó alcanzar la posición del tipo, pues la maleza lo anegaba todo y temió que hubiese criaturas agazapadas entre los arbustos. Mientras se abría paso, notó que un zumbido se enseñoreaba del entorno. Se trataba de un rumor que su oído no captaba de forma directa. De cualquier modo, aquel cúmulo de sensaciones le alteraba la percepción de manera incómoda.
    —Están ahí, justo al otro lado de este riachuelo, junto a la charca. Creo que ella se ha apoderado de su voluntad —declaró el encapuchado, al tiempo que señalaba el lugar.
    —¿Vas a ser más concreto de una vez, o seguirás hablando con acertijos que no entiende ni su puta madre?
    El Viajero, Trisquel. Se trata del viajero con el que hemos venido hasta aquí. Un ánima del bosque lo ha atrapado con sus redes invisibles. El magnetismo de ese demonio le ha anulado la voluntad y ahora está a merced de ella. Esas criaturas son capaces de engatusar a los hombres con sus artes. Se las arreglan para ofrecer una imagen cautivadora. Pero bajo la superficie de ese aspecto tentador, se esconde un espíritu corroído por la avidez de almas. Tenemos que liberarlo antes de que sea tarde. Y no vayas a pensar que ese es el problema más gordo. Significa sólo una eventualidad más, en medio del caos que se avecina.
    —¿Qué coño me estás contando?
    La punta de su bota tropezó con algo, ya cerca del encapuchado. Trisquel miró hacia la maleza, convencida de que encontraría una roca en medio de su trayectoria. Pero el objeto que acababa de entorpecerle la marcha era un cráneo que se hallaba medio hundido en la tierra. Y no era el único fragmento de osamenta. El terreno estaba sembrado de huesos, muchos de ellos de apariencia humana.
    —¡Joder! ¿Qué significa esto?
    —Deja las preguntas para más tarde —la increpó el otro con impaciencia—. Son los restos de incautos que llegaron aquí, atraídos por el canto de las ánimas. Radastinos idiotas que abandonaron la seguridad de su región para internarse en esta trampa o viajeros que no supieron dónde se metían. Pero ahora quien nos interesa es nuestro amigo. Y creo que sólo tú puedes salvarle de ella. Hay que hacerlo cuanto antes, para que podamos seguir con nuestro cometido.
    Cuando Trisquel escrutó el lugar donde el arroyo se convertía en charca, divisó a un hombre de rubias barbas y jubón desastrado. El tipo era conducido por una mujer delgada y desnuda, cuya piel mostraba una apariencia extraña; el tejido de su epidermis era verdoso. Los cabellos estaban apelmazados bajo una capa lodosa y tenían prendidos ramitas y hojas a modo de tocado natural. Se mimetizaba con el entorno y a veces resultaba difícil distinguirla. Sus movimientos eran gráciles y al mismo tiempo destilaban malicia.
    —¿Adónde se lleva a ese tío esa chorba tan rara? —inquirió Trisquel, cada vez más ofuscada.
    —Lo arrastra a lo profundo del bosque, donde le drenará el alma hasta que forme parte de su esencia. Mientras copulan, le absorberá el espíritu y se alimentará con él. Ya te he dicho que no está en mi mano hacer nada para evitarlo. A lo sumo, puedo terminar con ella, pero no quebrar los efectos de su sortilegio. Sólo tú puedes romper el hechizo. Y si no lo haces pronto, será tarde para evitar el desastre.
    Ahora el encapuchado la miraba de hito en hito. Sus ojos destallaban como tizones desde las sombras de aquella capucha y Trisquel tuvo miedo de lo que pudiera hacerle.
    —Pero yo...
    —¡Basta de dudas y preguntas, muchacha! —rugió él, al tiempo que esgrimía su bastón con aire amenazador. Su voz retumbó como un relámpago preñado de ira—. Mueve tu culo de una vez y entra en acción. Ya habrá tiempo para las explicaciones. Si es que salimos airosos de este bosque infernal...
    Como vio que ella no accedía, decidió adoptar una postura más violenta. Extrajo un estilete de bajo el capote. Lo hizo con tal rapidez que pilló a la muchacha desprevenida. Antes de que ella se diera cuenta, ya tenía la punta del arma bajo el mentón. A Trisquel le sorprendió la presteza con que maniobró el hombre. Palideció al comprender que no se encontraba frente a alguien a quien conviniese menospreciar.
    —Si no haces lo que te pido —aseguró el encapuchado con gelidez y pulso firme—, te aseguro que lo lamentarás. No tengo interés alguno en hacerte daño. Pero si me obligas, no dudaré en poner todo mi empeño para convencerte. Y te aseguro que puedo ser muy persuasivo. Puedes estar segura de que será más sencillo hacer frente a esa ánima que a un tipo como yo. 

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