3. Al norte del imperio del sol:


Apoltronado en aquel sitial, el rey escuchó el informe de Yeztel. Procuraba aparentar interés, pero le resultaba difícil ofrecer una imagen a la altura de su cargo. No era que no le preocupase la crisis que atravesaban algunas villas de los alrededores. Se trataba de la falta de confianza en sí mismo. Se sentía viejo e incapaz, atado a un trono tan duro como esplendoroso y condenado a ejercer un liderazgo que, en el fondo, estaba supeditado a los caprichos de aquel energúmeno. Las dudas que albergaba, acerca de los métodos del sacerdote, minaban su voluntad cada día más. Se sentía impotente ante tan fervoroso ministro de la fe.
Aquel siervo de Ishtar se había ganado el respeto de muchos ciudadanos. Tal vez mediante promesas que hablaban de paraísos, quizás a través del miedo, pero con una eficacia abrumadora. Yeztel consiguió adoctrinar a buena parte de la población. El culto a su diosa desplazó, en muchos casos, a la vieja religión solar. La nueva fe crecía de manera evidente, mientras la antigua perdía adeptos e influencia.
   «Si hasta la ciudad cambió de nombre para honrar a esa deidad que este fanático trajo del continente.» Pensó el monarca con amargura, mientras el sacerdote terminaba de referir los hechos que viviera en aquel pueblo agrícola.
  «Estos sacerdotes están contaminando nuestro imperio con sus cultos extranjeros. Ya no somos lo que fuimos. Nuestro tiempo se termina. Primero fue Ishtapual. Pero la fe de Ishtar no se detendrá aquí. Extenderá su influencia a lo largo del imperio. Sólo es cuestión de tiempo que terminemos relegados a un segundo plano. Y sin embargo, ¿qué diablos puedo hacer yo, tan agotado y viejo, tan insignificante?»
    —Lo que he visto esta mañana es digno de tener en cuenta. Las sospechas que tenía se han visto confirmadas, mi rey. Nos veremos obligados a extremar las precauciones —el aserto de Yeztel rescató al rey de sus cavilaciones. El sacerdote llevaba un rato hablando. Aunque el otro no escuchó parte de su exposición, era consciente de que el hombre no hacía sino dar vueltas sobre una misma idea. Una idea que el monarca ya tenía clara. Si de algo estaba convencido, era de que no le iban a agradar las propuestas de su camarada—. Mi rey. La situación es delicada. Tenemos que atajar esta epidemia antes de que se nos vaya de las manos. Confío en que entenderá que hay que actuar lo antes posible y de manera contundente. Amén de las medidas de aislamiento y prevención; que nos obligarán a separar y confinar a buena parte de la población, así como de purificar, mediante el fuego, todo aquel hogar, cuadra o granero que hayan podido ser contaminados con la... extraña peste que nos amenaza, tendremos que rastrear cualquier huella de las criaturas que han traído hasta aquí ese mal. Pero no podemos limitarnos a esto. Por eso solicito su aprobación para que...
    Los portones de la sala se abrieron y alguien irrumpió en el recinto. Yeztel no tuvo que volverse para saber de quién se trataba. Compuso una mueca de disgusto y entornó los ojos. Sus pupilas chispearon con la cólera que se avivó en sus entrañas.
    «Maldito entrometido.» Pensó enrabietado. «Ya me parecía que tardaba en meter las narices donde no le llaman. Jodido viejo amargado. Desbaratará mis planes antes si quiera de que pueda exponerlos.»
    El dirigente se encogió en su sitial, amilanado por la mezcla de apatía y temor que lo embargó. Ya de por sí no gozaba de un porte imponente, pero ahora se empequeñeció todavía más. Ni siquiera su tocado de plumas o las alhajas de oro lograban revestirle de un mínimo de dignidad. El trono, que se hallaba sobre una tarima, no le ofrecía cobijo alguno; más bien era como una palestra que lo dejaba expuesto. Apoyó con flacidez sus manos nudosas en los reposabrazos, al tiempo que resoplaba. Si las cosas podían complicarse más, estaba seguro de que así sería. Los lanceros que se hallaban a ambos lados del trono permanecieron impertérritos. Lo defenderían si era necesario. Pero lo que el dirigente temía no era un ataque, sino el tedio de una pugna de intereses entre los dos ministros de la fe.
    —¿Qué significa esto? —inquirió el recién llegado con irritación. Se trataba de otro sacerdote. Este rendía culto al dios solar del imperio; Apu-Sol. Venía custodiado por media docena de soldados, quienes lucían en su jubón verde el disco dorado, símbolo de esa otra deidad—. ¿Por qué no se me ha invitado a esta reunión? ¿Es que el noble Yeztel considera que mis opiniones no están revestidas de la suficiente autoridad? Porque estoy seguro de que es nuestro amigo quien decidió comenzar la charla en mi ausencia.
    Sus pasos sonaron amortiguados en la alfombra, espolvoreada de granos de oro, que recorría la sala de forma longitudinal. Pero las sandalias arrancaron un eco que delataba furia e impaciencia.
    —Confiábamos en que tú mismo te invitarías a la audiencia, Sairy. Por eso no nos entretuvimos en hacerte llamar —replicó Yeztel con mordacidad. No se molestó ni en mirarle a la cara—. Y si en verdad estuvieras preocupado, habrías tenido la decencia de investigar acerca del asunto. Oh, claro, pero el honorable Sairy no puede mezclarse con el pueblo llano, caramba. Sería todo un engorro para un respetable servidor de Apu-Sol hacer algo semejante.
    El otro se detuvo a escasa distancia de su rival. Los ojos le chispeaban, pero tuvo que conformarse con cerrar los puños y adoptar un gesto desafiante. Era alto como Yeztel, pero sus músculos eran insignificantes en comparación con los del sacerdote de Ishtar. Lucía una piel más aceitunada y un rostro más enjuto. En lugar de tantos abalorios, lucía una indumentaria austera, con un jubón largo hasta las rodillas y una capa de color carmesí. El culto que rendía no le obligaba a rasurarse las barbas o el cabello, por lo que los tenía largos, de un color amarillento que delataba su ancianidad.
    —Puedes estar seguro que me preocupo más que tú por el bienestar de nuestros ciudadanos, Yeztel. Por eso estoy aquí, para evitar que, con el pretexto de salvar a nuestro pueblo, termines masacrando a la mitad del mismo.
    Si bien la discusión comenzó como un intercambio de reproches, al cabo de unos minutos el tono de la misma se intensificó. Los insultos reverberaron en las paredes de la estancia. La sala era un recinto de planta rectangular que estaba casi vacío, por lo que las voces producían un eco considerable. Aparte del sitial del monarca, allí no había más que la piedra de la sillería y el oro de los revestimientos que cubrían las paredes, las columnas y el techo. El rey estaba harto del destello áureo, que la luz diurna hacía cobrar vida tras colarse por las troneras. Era un brillo cegador que le molestaba casi tanto como la rivalidad de esos dos. Resultaba insultante verlos discutir, mientras le ignoraban con menosprecio. Por mucho que procurasen mantener las formas ante el resto de su pueblo, ya no profesaban pleitesía alguna a su rey.
    —Yo les ofrezco la oportunidad de ganarse el paraíso de los salones eternos —contraatacaba ahora Yeztel, mientras el monarca observaba la escena con una mezcla de irritación e impotencia—. Y también les concedo la paz de mi señora Ishtar, que velará por su bien y les ofrecerá los frutos de su creación.
    —¡¿Qué mayor paraíso que las moradas de nuestro amado Apu-Sol, donde la eternidad de sus campos de trigo están bañados por los rayos de su magnificencia?! —inquirió Sairy, que ahora señalaba con dedo acusador al otro, con el rostro arrebolado por la ira.
    Yeztel se disponía a lanzar su réplica, cuando el rey decidió atajar aquella disputa. Alzó su mano arrugada y se retrepó sobre el sitial en un patético intento de rescatar algo de la dignidad perdida. Se aclaró la garganta con un carraspeo y declaró algo en voz alta.
    —¡Basta, ministros de la fe! Dejemos esta ridícula confrontación que no nos lleva a ningún lado. Escuchemos lo que Yeztel tenga que decir y valoremos su propuesta con calma.
    A los otros les costó templar los nervios, que ahora bullían a flor de piel. Pero hicieron un esfuerzo por mantener las formas. Tampoco era cuestión de dejar a las claras la poca consideración que le tenían al monarca.
    —Si todos sabemos ya cuál va a ser esa propuesta —rezongó Sairy, al tiempo que miraba de soslayo a Yeztel.
    —Os ruego —se apresuró a añadir el monarca con gesto hastiado—. Que seáis breves. Comprendo que el asunto requiere de toda nuestra atención. No obstante, también me gustaría atender otras peticiones de audiencia que me he visto obligado a posponer. Hoy acaba de llegar un mensajero desde tierras meridionales. Ha recorrido largas jornadas, a pie, para trasladarme otra información que, según asegura, reviste una importancia considerable. El hombre se halla afuera, a la espera. Apenas ha comido y aguarda con ansia poder irse a descansar. Ha de retornar mañana con respuesta hacia las zonas sureñas del imperio y no quisiera exprimir sus fuerzas. No podemos maltratar a los miembros de nuestra red de mensajería. La información es uno de los pilares de nuestra patria y hemos de velar por el buen funcionamiento de la misma.
    El rey escuchó las palabras de sus ministros con toda la paciencia que consiguió reunir. Intentó digerir cada palabra con la resignación de un hombre que ya no sabe cómo hacer frente a sus responsabilidades. Trató de aparentar, como de costumbre, el liderazgo y la entereza que se le exigían. A partir de ahí le tocaría tomar decisiones; o fingir hacerlo, ya que en esos tiempos se sentía coaccionado a complacer los deseos de aquellos dos.
    Aborreciendo todavía más su posición, dio por terminado el conciliábulo y recibió al mensajero. Sin embargo, apenas consiguió escuchar los informes de este último, dado que seguía dándole vueltas al otro asunto. Y eso que el emisario del sur no traía noticias que pudieran ser ignoradas con facilidad.
    El enjuto hombre, de piel broncínea y livianos atuendos, le refirió el mensaje que se le había ordenado llevar al norte. Y nada bueno se presagiaba de aquellas palabras.
    —Lo gobernadores de las tierras meridionales, en común acuerdo con nuestro emperador, me ordenaron haceros llegar la advertencia que procedo a reproducir. Se detecta presencia de hombres armados en regiones de nuestra patria. Soldados de aspecto caucásico venidos, presumiblemente, de zonas occidentales, donde Radastar linda con potencias extranjeras. Son varias las voces que ponen de manifiesto haber visto partidas de exploración que invaden nuestro espacio. Las descripciones se ajustan al perfil de hombres blancos, ataviados con cotas de malla y yelmos, que van pertrechados con armas y montan a caballo. Se sospecha que pueden haber cruzado el estrecho en embarcaciones, para recalar en nuestras costas y merodear por zonas como el istmo de Nafaler, tal vez tras haber hecho escala en el Principado de Ramarkán.
    El monarca asentía, al tiempo que procuraba mostrarse afectado. Antes que el mensajero terminase de recitar su informe, el rey ya tenía pensado el suyo para enviar de vuelta al emperador. No se comprometería a gran cosa; lo justo para cumplir con sus deberes como dirigente. Andaría ojo avizor. Mandaría extremar las precauciones y vigilar los senderos de su reino con esmero. Aquella noticia le aportaba un motivo más para establecer un estado de excepción. Una medida que, sin duda, Yeztel aceptaría con agrado. No obstante, sería el sacerdote, como siempre, quien en realidad rubricase tal decreto.
    Qué cansado estaba aquel menudo radastino. Y cuánto le pesaba esa corona de oro y plumas o se le antojaba duro el sitial que notaba bajo las posaderas. Estaba cada vez más aburrido de aquella existencia. Pero ya no veía más que una forma de librarse de semejante carga; esperar a que llegase su hora.
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