4. Frontera este de Radastar:
Vadear el riachuelo resultó una tarea desagradable. El agua estaba impregnada por algún tipo de sustancia repulsiva. Cuando se internó en el arroyo, Trisquel notó cómo aquella esencia le ensuciaba las pantorrillas. El lodo del fondo se revolvió y se produjeron remolinos de inmundicia. Desde el lecho surgían fragmentos de osamenta y daba la impresión de que el reguero trataba de refrenar su avance. Las botas se hundían con un sonido de succión que la exasperó. Sin embargo, no encontró manera más rápida de alcanzar la zona donde se hallaban el ánima y el hombre barbado.
Trisquel tuvo la extraña certidumbre de que le conocía. Aquel tipo no le era ajeno y estaba claro que necesitaba ayuda urgente.
Se estableció una atmósfera opresiva y una neblina cubrió la floresta. Una cacofonía de murmullos se elevó desde todas partes.
El ánima que llevaba al hombre de la mano volvió su rostro hacia Trisquel. Su expresión se transformó en el de una bestia. La criatura comenzó a sisear y sus músculos se tensaron. La gracilidad de aquel cuerpo menudo fue borrada al instante. Ahora semejaba un ente diabólico con el cuerpo recubierto por venas hinchadas. Y sus ojos eran vacuos, como globos sin iris que la fulminaban.
Trisquel trastabilló. El agua le salpicó y dejó regueros de barro en su semblante, pero no se detuvo. Aún aferraba el pedrusco en su diestra y pensó en emplearlo. Gozaba de buena puntería, pero quiso acercarse más antes de lanzar el proyectil. Una pesadez inquietante se apoderó de sus miembros e hizo que la sensación de entumecimiento se acentuara.
—Joder —masculló—. Aún no sé qué cojones hago aquí y se supone que debo enfrentar a una criatura a la que ni siquiera termino de dar crédito. ¿Es que me habrán drogado con algún alucinógeno? Esto no puede estar pasando, coño.
—Está pasando —sentenció el encapuchado a sus espaldas—. Y debes pararlo de una vez.
—Corta el rollo, cabronazo —rezongó ella por lo bajo—. Soy yo la que está aquí, pringada hasta las rodillas y frente a esa cosa que parece una harpía. No sé por qué te hago caso. Será porque tú me aterrorizas todavía más.
De pronto tuvo que agarrarse a algo que flotaba sobre el agua. Al principio creyó que se trataba de una rama, pero al percibir la textura lánguida se percató, horrorizada, de que era un brazo corroído por la putrefacción. Cuando reculó, le pareció ver cómo emergía un rostro hinchado por la descomposición.
—¡Mierda! ¡Hay cadáveres en este maldito riachuelo!
Soltó la extremidad podrida y a punto estuvo de irse de espaldas al agua. La bruma le dificultaba la visión. De vez en cuando, entre los jirones de aquella niebla surgía un rostro atormentado. Era como si los repulgos de la neblina arrastrasen almas penitentes. Los murmullos que la brisa deslizaba a su paso se intensificaban por momentos y la temperatura descendía a cada segundo.
Cada mirada que emergía de entre aquellas lenguas neblinosas era como una bofetada de tristeza. Aquella floresta estaba impregnada por la esencia de vidas truncadas. El peso de aquellos tormentos del pasado le lastraba el corazón a la muchacha.
Consiguió llegar a la ribera. Se arrojó a la tierra arcillosa y se aferró al terreno. Pero no soltó la piedra que atesoraba en el puño. Hincó las rodillas en el lodo, con las piernas empapadas y cubiertas de líquenes. El ánima la miraba con aire enardecido, mientras lanzaba un chillido que desgarró el pellejo de la fronda. Los tendones del cuello se tensaron y las mejillas se le llenaron de capilares inflamados. El ruido de sus gritos hizo que a Trisquel le dolieran los tímpanos. Pero resistió con tenacidad.
Años de supervivencia en los suburbios de Thengil habían agudizado su puntería. El peñasco que arrojó, con toda la fuerza de su rabia, impactó entre los ojos de la criatura. El ánima reculó, al tiempo que soltaba la mano del hombre. Su rostro se descompuso a causa de la sorpresa. Se llevó las manos crispadas al rostro y empezó a convulsionarse de ira. Pero Trisquel no le concedió un segundo. Tras agarrar lo primero que encontró; un fémur erosionado, lo lanzó a la bestia. El hueso impactó entre los pechos y su extremo astillado produjo una desgarradura. Aquella criatura no tenía sangre, sino un líquido oleaginoso de color blancuzco.
El hombre de barba sacudió la cabeza, como si despertase de una pesadilla, y miró en derredor con aire confundido.
El encapuchado acababa de internarse en el arroyo. Ahora elevaba una salmodia con voz gutural, al tiempo que alzaba su bastón. El cántico hizo que la bruma se agitase, como si el bosque acusara los efectos del sortilegio.
—Ya podías haber hecho eso antes, compañero —le recriminó Trisquel con mordacidad, excitada por el fragor de la lucha.
El increpado no le prestó atención y siguió a lo suyo. La capucha se le había caído hacia atrás y su testa ennegrecida quedó a la vista. Era un rostro terrorífico. En esos momentos era como si librase una lucha enconada con el bosque. La bruma se enroscaba en su talle y culebreaba en torno a brazos y piernas. El agua se arremolinaba alrededor de las rodillas y el viento azotaba su cuerpo. La tela de sus ropajes tremoló y el tipo tuvo que afianzar sus pies al lecho para no dejarse arrastrar.
Trisquel supo que no era momento de entretenerse. Tenía que terminar lo que empezara. Se adentró en terreno firme y bordeó la charca. La criatura se recompuso de sus heridas y tanteaba la situación. Permanecía agazapada, como un depredador a punto de abalanzarse sobre su presa. El tipo al que la joven rescatara de sus garras la miraba con el ceño fruncido, pero aún se lo veía desubicado. Trisquel pensó que más que una ayuda sería un estorbo.
La joven tomó otro de los huesos que sembraban el suelo. Lo blandió como un machete. Arremetió con fuerza. La agilidad que los años de supervivencia en los suburbios habían desarrollado le ayudó a mantener a raya los ataques de la criatura. El ánima se defendía con saña, pero la principal arma de aquellos seres era el engaño. Estaban preparadas para arrebatar el juicio a caminantes incautos, no para un combate cuerpo a cuerpo. Y no solían hacer frente a mujer alguna. No obstante, se mostró escurridiza y Trisquel empezó a acusar el cansancio. Aquello era como perseguir a un felino al tiempo que procuraba cuidarse de sus zarpazos. Además, la chica intuyó que no era el único espécimen de esa naturaleza que pululaba por el bosque. Se sintió vigilada desde los ramajes por un centenar de ojos.
La ventisca que azotaba los árboles entorpeció las maniobras de Trisquel. Se posicionó como pudo delante del hombre. El ánima le miraba a él con avidez y a la joven con odio. Ésta aprovechó el desvío de atención de su rival y le atacó con el hueso. Golpeó su hombro y consiguió desequilibrarla hasta que perdió la verticalidad. La otra bufó, poseída por la rabia. Trisquel arremetió de nuevo, para propinarle un golpe en la cabeza.
El asunto se recrudeció cuando el suelo empezó a temblar. Daba la impresión de que un seísmo sacudiera el bosque. Trisquel tuvo que apoyarse en un árbol y olvidar a la criatura. De cualquier forma, el ser pareció darse por vencido y se internó en la floresta. La joven se interesó por la integridad del de la barba, al tiempo que el encapuchado terminaba de lanzar su sortilegio. Mientras ella ayudaba al tipo, desde el riachuelo el otro les dio instrucciones a voz en grito.
—¡Llévatelo de aquí y ponlo a salvo! Yo trataré de impedir que ellos os persigan. Han llegado y pronto irán en vuestra busca.
—¿Quién cojones se supone que ha llegado ahora? —murmuró Trisquel entre dientes. El hombre que tenía al lado ni siquiera articuló palabra.
Trisquel escudriñó el edificio por el que saliera poco antes. Tuvo la impresión de que el enclave era el epicentro de aquel temblor que zarandeaba la floresta.
—Sea como fuere, no pienso echar raíces aquí, colega. Será mejor que me sigas. Trataremos de encontrar algún lugar donde la cosa se presente más tranquila. Si es que existe por aquí cerca algo semejante.
El hombre de barba ni siquiera asintió. Sus ojos destilaban confusión.
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